La joven de la perla. Johannes Vermeer. 1665-1666. Óleo sobre tabla. 25,7x19 cm. . Mauritshuis (Galería Real). La Haya-

En la producción de Vermeer existen cuatro obras en las que apenas existen alusiones narrativas, lo que indica que podría tratarse de retratos. En este grupo sobresale el lienzo que aquí contemplamos, una de las obras más famosas del pintor de Delft. La ubicación de la modelo en un primer plano refuerza esta hipótesis, aunque por desgracia desconocemos los nombres de las modelos. La bella muchacha recorta su busto de perfil ante un oscuro fondo neutro, girando la cabeza en tres cuartos para dirigir su intensa mirada hacia el espectador. Su boca se abre ligeramente, como si deseara hablar, dotando así de mayor realismo a la composición, recordando obras de Tiziano, Tintoretto, Rembrandt o Rubens. La atractiva y cautivadora joven viste una chaqueta de tonalidades pardas y amarillentas en la que sobresale el cuello blanco de la camisa, cubriendo su cabeza con un turbante azul del que cae un paño de intenso color amarillo, creando un contraste cromático de gran belleza. La gran perla que le ha dado nombre adorna su oreja, recogiendo el brillante reflejo de la luz que ilumina su rostro, recordando a Caravaggio al interesarse por los potentes contrastes lumínicos. En el fondo oscuro, la figura de la joven destaca como un fondo de luz y de pintura, o mejor dicho, de pintura hecha luz. Pintura y luz en los ojos y en la perla, en el blanco del cuello de la camisa, en los entreabiertos labios. Como bien dice Blankert "la materia de las cosas se ha hecho luz y ésta no es más, ni menos, que pintura". A diferencia de otras figuras femeninas adornadas con perlas también pintadas por Vermeer -véase la Joven dama con collar de perlas- algunos expertos consideran que en este caso nos encontramos ante un símbolo de castidad, apuntando E. de Jongh a los escritos de Francisco de Sales como fuente directa. La Cabeza de muchacha y la Muchacha con sombrero rojo serán las demás obras a las que aludíamos en un principio. (Fuente: Artehistoria)

Calle Mucho Trigo.

En el entorno de la Ribera un buen puñado de calles tienen nombres singulares, como Bataneros, Lineros, Tundidores, Espartería, Alfayatas (sastras), Cedaceros, Mucho Trigo... Todas ellas tienen algo en común: son oficios relacionados con la actividad económica que antaño generaron en Córdoba los molinos del río Guadalquivir, bien para la producción textil, que tuvo su máxima expresión en las telas y brocados cordobeses de la Edad Media; o para la producción de harina de trigo, hasta fechas mucho más recientes.En su día llegó a haber hasta once molinos en el cauce del Guadalquivir a su paso por Córdoba, pero las crecidas, la propia fuerza del agua, las inclemencias del tiempo y, sobre todo, el abandono, han hecho que ya sólo asomen seis de ellos. Son los de Martos, San Antonio, Alegría, Albolafia, Pápalo Tierno y de Enmedio; de ellos, sólo los tres primeros son visitables -el de la Alegría está en el interior del Jardín Botánico-.Como atractivo turístico, la ruta de los molinos del río es posiblemente una de las grandes desconocidas, y eso que los pocos que se pueden visitar tienen un atractivo innegable. El mejor conservado es el primero aguas arriba, el de Martos, que hasta los años 90 estuvo abandonado y sirvió como hogar de vagabundos y peores cosas. Pero tras una profunda restauración, hoy alberga un sencillo pero interesante Museo del Agua y conserva las salas de molienda como en los siglos XVII-XVIII.El molino de Martos, una aceña medieval, ya estaba ahí cuando se produjo la reconquista de Córdoba, en 1236. Desde entonces sirvió durante toda la Edad Media como molino textil, con ruedas verticales que hacían girar los batanes para tratar las telas. Con el paso de los siglos sufrió numerosas modificaciones, como la introducción de ruedas horizontales que hacían girar las piedras de molino -hasta 10 llegó a tener- que aún hoy pueden verse en el interior de una espectacular sala.Muy probablemente, el aspecto actual del molino de Martos es el mismo que debió tener en el siglo XVIII, con varias plantas, canales y una zona inundable de la que da fe una placa que recuerda la última crecida del río en 2010; el agua casi llegó a la planta donde se ubica el museo, a ras del paseo de la Ribera. (Fuente: Rafa Valera)

© 2018 Antonio Guerra. #habitantesdelominimo

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